En este año 2011, año del Bicentenario del Natalicio del Maestro de América nada mejor que rendirle un homenaje a su madre
Doña Paula Albarracín
Con las propias expresiones de Sarmiento, resultando extensivo este homenaje a todas las madres que, con su amor van formando ? durante toda su vida ? el carácter de sus hijos, contribuyendo a afianzar su propia personalidad.
?Todos los que escriben de su familia hablan de su madre con ternura. San Agustín, elogió tanto a la suya que la Iglesia la puso a su lado en los altares. Lamartine ha dicho tanto de su madre en sus ?confidencias? que la naturaleza humana se ha enriquecido con uno de los más bellos tipo de mujer que ha conocido la historia??
?? La mía, empero, Dios lo sabe, es digna de los honores de la apoteosis ? Pobre mi madre! ?? Dejadme decir a todos quien era esa mujer que ??por fortuna téngala aquí a mi lado, y ella me instruye de cosas de otros tiempos, ignoradas por mi, olvidados por todos. A los setenta y seis años de edad, mi madre ha atravesado la cordillera de los Andes para despedir a su hijo, antes de descender a la tumba?
?Cada familia es un poema ha dicho Lamartine, y el de la mía es triste, luminoso y útil como aquellos lejanos faroles de papel de las aldeas que, con su apagada luz, enseñan sin embargo, el camino a los que vayan por el campo??
??Sabía leer y escribir en su juventud, habiendo perdido por desuso esta última facultad cuando era anciana?
?Su inteligencia, poco cultivada? tan clara que, en una clase de gramática que yo hacía a mis hermanas, ella, de solo escuchar, mientras por la noche encarmenaba su vellón de lana, resolvía todas las dificultades que a sus hijas dejaban paradas dando las definiciones de nombres y verbos, los tiempos, y más tarde los accidentes de la oración??
??Su alma, su conciencia estaban educadas con una elevación que la más alta ciencia no podría, por si sola, producir jamás.
?? he querido saber, pues, quien había educado a mi madre, y de sus pláticas y sus citas y de sus recuerdos.
?? un hombre de Dios, cuya memoria viven en San Juan, cuya memoria se perpetua más o menos pura en el corazón de nuestras madres? don José Castro ? su ministerio edificante, las virtudes de un santo ascético, las ideas de un filósofo y la piedad de un cristiano de los más bellos tiempos (1)
?Todas estas lecciones de tan profunda sabiduría eran parte diminuta de aquella simiente derramada por el santo varón, fecundada por el sentido común y por el sentimiento moral que encontró en el corazón de mi madre.
?? debajo de una de las higueras que había heredado en el sitio, estableció su telar ?
?? ¡Bienaventurados los pobres que tal madre han tenido! (2)
Y bienaventurados los hijos que reconocen en sus madres la grandeza del amor y entrega con la fortaleza que Dios les da en cada instante por su paso por la vida, no siempre fácil.
Feliz día de la Madre para todos aquellos que disfrutan aún de ella y hermosos recuerdos para quienes no tienen esa dicha!
M. A.
(1) ?Don José Castro, sacerdote y médico, con gran conocimiento no solo del evangelio. Leía a Rousseau, su Feijoo y sus filósofos?.
(2) Ver ?Recuerdos de provincia de Domingo F. Sarmiento Edición universitaria de Bs. As. (Junio de 1964), pág. 128 al 137.